Durante años, mi vida escolar fue un terreno de batalla. Me enfrenté al bullying intenso, la exclusión y un entorno rodeado de malas influencias que me hacían sentir completamente abrumada y agotada.
A pesar de contar con el apoyo incondicional de mis padres, la falta de acción de mis maestros y mis bajas calificaciones me hacían sentir que no había una salida clara. El peso de la situación era simplemente demasiado.
Un día, en la intimidad de mi hogar, decidí elevar una oración desesperada. En ese instante, una paz inexplicable envolvió mi corazón. No fue una voz externa, sino una claridad interior que cambió mi perspectiva por completo.
Dios no eliminó los muros de la noche a la mañana, pero me otorgó una fortaleza sobrenatural para resistir. Él se manifestó rescatándome de ese lugar, sanando mis heridas y transformándome en una mejor persona.
Hoy comprendo que nunca estoy sola. Él está presente en cada detalle de mi vida, extendiendo su mano justo cuando más lo necesito.
«Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias.» — Salmos 34:17


