Sentir que el mundo se derrumba es aterrador, especialmente cuando el dolor físico se mezcla con la incertidumbre. Eso viví cuando me torcí el tobillo y la atención médica parecía no llegar.
En medio de la angustia en la clínica, decidí doblar mis rodillas de corazón. Mi oración no era solo por sanidad física para que nada estuviera roto, sino un clamor por paz.
Ese accidente se convirtió en el puente que me acercó más a Dios. Empecé a asistir con más frecuencia a la iglesia, entendiendo que Él tiene planes perfectos para cada uno de nosotros.
A los 10 años, reafirmé este camino a través del bautismo. Desde entonces, he comprendido que la vida tiene matices buenos y malos, pero la guía de mi familia y la corrección de Dios me mantienen firme.
Hoy sé que confiar en nuestro Padre es la clave. Él nos invita a reconocer nuestros errores y a abrazar un cambio real en nuestra forma de vivir.
«Mira que te mando a que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas». — Josué 1:9

