Hubo un tiempo en mi vida en que me sentí completamente perdida y sin rumbo. Las sombras eran densas y llegué a creer que nada mejoraría jamás.
Sin embargo, en medio del silencio, aprendí a confiar en Dios, a aferrarme a la fe y a no rendirme.
Poco a poco, la mano del Señor empezó a mover las piezas. Él abrió nuevas oportunidades y puso en mi camino a personas que se convirtieron en mi mayor apoyo.
Hoy miro hacia atrás y puedo decir con certeza que cada dificultad me hizo más fuerte.
Dios transformó mi dolor en propósito y me enseñó que siempre hay esperanza, incluso en las noches más oscuras.«Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis». — Jeremías 29:11


