Testimonio de Leonel Pico

Desde el primer instante de mi existencia, Dios demostró que Él es el guardián de nuestra salud y nuestro refugio en la angustia.

Al nacer, el diagnóstico médico era desgarrador: las probabilidades de que mi madre o yo sobreviviéramos eran casi nulas. Mi cuerpo luchaba contra una complicación grave por líquido en mi abdomen.

Sin embargo, la oración unida de mi familia movió la mano de Dios. Tras un mes en termocuna, el Señor nos permitió a ambos salir victoriosos de esa primera batalla.

A los nueve meses de nacido, enfrenté un segundo milagro. En medio de una reunión familiar, ingerí accidentalmente un trozo de maní que obstruyó por completo mi garganta, impidiéndome respirar.

A pesar de la desesperación y de que los médicos no lograban extraer el objeto, el poder de Dios se manifestó de forma cotidiana pero sobrenatural.

A través de un movimiento providencial de mi madre, el maní fue expulsado milagrosamente, devolviéndome el aliento y la paz. Hoy testifico que Jesús se manifiesta en cada detalle de mi historia.

«Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré.» — Salmos 18:2

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