Testimonio de Alan Carvajal

Hace unos meses, el año escolar se convirtió en una tormenta perfecta. Mis calificaciones bajaron drásticamente, me distancié de mis amigos más cercanos y, para colmo, la salud de mi familia se complicó. Me sentí completamente solo, atrapado en un abismo donde pensaba que no valía nada.

Un sábado, mi mamá me invitó a la iglesia; aunque no solía ir seguido, decidí acompañarla. Durante el culto, mientras cantaba y escuchaba la palabra, sentí cómo un peso enorme se quitaba de mis hombros. Experimenté una liberación real.

A partir de ese día, mi rutina cambió: empecé a orar cada mañana. No le pedía a Dios que hiciera magia, sino que me diera la fortaleza para resistir.

Poco a poco, los milagros cotidianos aparecieron. Llegó un compañero que me ayudó a estudiar y mi papá comenzó a recuperarse de su enfermedad. Aunque los problemas no desaparecieron por arte de magia, la paz de Dios inundó mi corazón.

Hoy entiendo que Dios no siempre evita las tormentas, pero jamás nos deja navegar solos. Él nos da la fuerza y pone ángeles en nuestro camino para recordarnos que su amor es incondicional.

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» — Isaías 41:10

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