Dios ha sido la luz inquebrantable en mi caminar.
Reconozco que fallo constantemente y que, muchas veces, permito que mi tiempo y mi mente se distraigan en placeres vanos; sin embargo, cada día busco acercarme más a Él.
Cada mañana, al abrir los ojos, descubro un milagro cotidiano: la melancolía del día anterior se ha esfumado por completo.
Dios me regala un nuevo amanecer lleno de oportunidades, nuevas enseñanzas y desafíos que decido afrontar con resiliencia.
Mi mayor anhelo es aprender a controlar mis impulsos y convertirme en una persona sabia y entendida, cuyo único propósito sea agradar a Dios.
«El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad!» — Lamentaciones 3:22-23


