Hace un tiempo en la Costa, la delincuencia y la violencia alcanzaron niveles alarmantes; los criminales se habían apoderado de las cárceles y los ataques a policías y militares eran constantes. Cada día las noticias eran peores.
En medio de ese caos, mi padre, quien es militar, fue enviado al servicio activo en primera línea.
El temor se apoderó de mí. Recuerdo pasar noches en vela, con el corazón encogido por el miedo, pensando en los peligros que él enfrentaba. Una noche, incapaz de contener la angustia, lloré desconsoladamente en los brazos de mi madre.
Decidí enviarle un mensaje a mi papá para confesarle cuánto lo extrañaba y el terror que sentía de no volver a verlo. Con una calma profunda, él me respondió que no me asustara, asegurándome que nada malo iba a pasar.
Esa noche, decidí entregarle mi carga al Señor. Oré con todas mis fuerzas por la vida de mi padre y me fui a dormir confiando en su protección.
En ese mismo instante, sentí una paz inexplicable que inundó todo mi ser. Una semana después, gracias a Dios, mi papá regresó a casa sano y salvo.
Ese día comprendí que Dios siempre escucha nuestras oraciones, incluso en medio del peor de los caos.
“El Señor es mi fortaleza y mi escudo; en Él confió mi corazón, y fui ayudado.” > — Salmos 28:7


