Es imposible contemplar la belleza de la creación y pensar que la naturaleza es solo una «casualidad espontánea».
Cada criatura, la complejidad de sus diseños y la perfecta simetría de una rosa revelan la firma de un Creador extraordinario.
Sin embargo, a veces me duele ver cómo los paisajes más hermosos son opacados por nuestra propia huella destructiva.
Hemos cambiado la paz de lo natural por artefactos invasivos que prometen facilitarnos la vida, pero que solo alimentan una desconexión constante.
Buscamos satisfacciones efímeras que vuelven nuestra existencia más superficial, creando una dependencia inevitable de lo artificial.
Dios diseñó la naturaleza para que fuéramos receptivos, para aprender a apreciar los detalles más pequeños de la vida.
Hoy nos hemos vuelto inconformes; queremos más y más, y nada parece ser suficiente. Nos conformamos con placeres pasajeros.
Es momento de detenernos y cambiar este patrón. Volvamos los ojos al diseño original de Dios y redescubramos lo que realmente tiene valor.
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» — Salmo 19:1


