Hace un año, a mis 13 años, atravesé una de las etapas más oscuras de mi vida. Me sentía profundamente sola, confundida y sin fuerzas para seguir adelante.
Sentía que nadie me comprendía y vi cómo amistades que creía sinceras se desvanecían. En medio de ese dolor, tomé una decisión que lo cambió todo: fui a la iglesia a buscar a Dios.
No sabía cómo rezar, así que simplemente comencé a hablar con Él como si fuera mi mejor amigo, desahogando todo el peso que llevaba en mi corazón.
Con el tiempo, una paz inexplicable comenzó a llenarme. Dios puso en mi camino a personas nuevas que se convirtieron en un verdadero apoyo y recuperé la alegría que creía perdida.
Hoy entiendo que, aunque las personas se vayan, la amistad de Dios es la única que permanece para siempre. Todo lo que viví tuvo un propósito: me hizo descubrir que soy más fuerte y valiente de lo que imaginaba.
Ahora, mi vida es diferente. A través de la oración diaria y la lectura de la Biblia, me mantengo cerca de Él. He aprendido que, incluso en los peores momentos, Dios nunca nos abandona y, gracias a Él, nunca más he vuelto a sentirme sola.
«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.» — Isaías 41:10


