Testimonio de María Paz Cerda

Cuando el mundo se detuvo por la pandemia, la incertidumbre se convirtió en el aire que respirábamos. Los hospitales llenos y las noticias desgarradoras parecían indicar que todo lo que conocíamos se derrumbaba.

En medio del caos, mi familia y yo tomamos una decisión radical: no perder la esperanza. Aunque el miedo golpeaba a nuestra puerta, elegimos confiar en que Dios seguía al control de nuestra historia.

A pesar de la crisis global, Dios nos bendijo con provisión constante. Mientras muchos sectores se detenían, el trabajo no nos faltó y nuestras necesidades fueron cubiertas por su mano generosa.

El milagro más grande fue su protección sobre nuestra salud. En un tiempo de tanta pérdida, ningún miembro de mi familia enfermó de gravedad. Dios guardó nuestras vidas de manera extraordinaria.

Hoy comprendo que la pandemia fue una prueba de fe. Aprendí que confiar en Dios no garantiza la ausencia de problemas, sino la seguridad de Su presencia constante.

Dios nos demostró que Su amor nunca falla y que Sus planes son perfectos, incluso cuando el mundo parece estar en sombras. Él es, y será siempre, nuestro refugio seguro.

«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea removida, y se trasladen los montes al corazón del mar.» — Salmo 46:1-2

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