Mi historia comenzó en 2017, cuando apenas tenía siete años. Recuerdo que mi abuelita tenía una debilidad que parecía inofensiva: le encantaban los dulces.
Con el tiempo, su salud empezó a deteriorarse, pero ella no le dio importancia. Todo cambió la tarde en que se desmayó repentinamente y tuvo que ser trasladada de urgencia al hospital.
El diagnóstico fue un golpe para todos: diabetes avanzada. Los médicos nos advirtieron que, si hubiéramos tardado unos minutos más, las consecuencias habrían sido fatales.
En medio del temor, mis tíos se aferraron a la oración, clamando a Dios por su recuperación. Dios escuchó nuestro clamor y ella logró volver a casa tras unos días de internamiento.
Sin embargo, la verdadera batalla apenas comenzaba. A mi abuela le costaba mucho renunciar al azúcar. Tras una recaída peligrosa que casi la lleva a un coma diabético, comprendimos que necesitaba algo más que medicinas.
Necesitaba fortaleza espiritual. Mi familia persistió en oración, pidiendo a Dios que le diera el dominio propio para cuidar su vida.
¡Y así fue! Aunque el camino fue difícil, mi abuelita logró controlarse porque confió plenamente en Dios. Él le dio la fuerza para contener sus impulsos y transformar su estilo de vida.
Hoy ella está tranquila y segura, disfrutando de una salud estable. Esta experiencia nos recordó que nuestro Señor nunca nos abandona cuando decidimos entregarle nuestras debilidades.
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.» — Proverbios 4:23


