Emigrar a los Estados Unidos hace cuatro años no fue solo un cambio de país; fue el viaje que marcó y fortaleció nuestra fe para siempre.
El trayecto estuvo lleno de incertidumbre. Viajamos en avión desde Ecuador hasta México, donde esperamos dos días en el aeropuerto Benito Juárez antes de continuar.
Luego, un autobús nos llevó en una travesía de dos días hacia Mexicali. Allí pasamos cuatro días en un hotel, esperando el momento de cruzar la frontera.
Una noche nos adentramos en el desierto. Caminamos a oscuras durante horas hasta que las autoridades de inmigración nos detuvieron, tal como lo habíamos planeado.
Lo que siguió fueron 15 días terribles de detención. Vivimos discriminación, humillación y condiciones inhumanas por parte de los oficiales.
Sin embargo, en medio de la adversidad, Dios nos cuidó en los detalles más pequeños pero significativos.
Esa noche en el desierto, tengo la certeza de que Dios envió una luna llena espectacular para iluminar cada uno de nuestros pasos.
Más tarde supimos que en esa misma zona la gente suele morir o sufrir tragedias terribles; a nosotros, la mano de Dios nos mantuvo a salvo.
Él nunca nos permitió sentirnos desamparados. Nos llenó de una paz sobrenatural y de fuerzas mientras le alabábamos y cantábamos en la celda.
¡Dios jamás nos abandonó! Su presencia fue nuestro refugio en el desierto y nuestro escudo en la prueba.
«Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré peligro alguno, porque tú estás a mi lado; tu vara y tu bastón me brindan consuelo.» — Salmo 23:4


