Nací como una niña sana, sin complicaciones aparentes. Sin embargo, al cumplir trece meses, una noticia inesperada sacudió a mi familia: mis fontanelas se estaban cerrando prematuramente, dejando a mi cerebro sin espacio para crecer.
El diagnóstico era devastador. Los médicos advertían que mi desarrollo no sería normal y que la única salida era una cirugía de cráneo de alto riesgo, donde mi vida pendía de un hilo.
En medio del miedo, mi madre cayó en una profunda depresión, pero mis padres tomaron la decisión de aferrarse a la última esperanza: la oración. Entre lágrimas y clamores, se negaron a la operación y buscaron una última opinión médica.
Aquel doctor encontró una pequeña ventana de fe: escasos milímetros de separación. Nos dio seis meses de tregua. Si mi estatura aumentaba, habría esperanza; de lo contrario, el quirófano sería inevitable.
Esos seis meses fueron una batalla espiritual intensa. Mis padres y mi abuela se unieron en un clamor incesante en la iglesia. Y entonces, ocurrió lo imposible.
Por la pura gracia de Dios, mi cuerpo comenzó a crecer. Esos pocos centímetros fueron la prueba de que, para el Señor, no existen casos perdidos ni batallas imposibles.
«Y dichoso aquel que no halle tropiezo en mí». — Lucas 7:23


