Desde mi niñez, las historias sobre el sacrificio de Jesús en la cruz fueron una constante. Sin embargo, no fue hasta que vi el poder de Dios en mi propia casa que entendí su amor incomparable.
Fui testigo de cómo el Señor transformó la vida de mi madre tras el doloroso fallecimiento de mi abuela. Dios no solo sanó su corazón, sino que preparó el terreno para lo que vendría después: una prueba de fe para toda mi familia.
Atravesamos el oscuro valle de la enfermedad de mi mamá. Fue un tiempo donde mis hermanos y yo pusimos nuestra confianza al límite, pero aprendimos que el amor de Dios es invencible.
Él la protegió en cada instante, extendió su mano sanadora y la libró de su enfermedad. Ese milagro cambió mi vida para siempre, confirmándome que Dios es mi guía y consejero.
Hoy, reconozco que Él es la base fundamental de mi existencia. Mi mayor deseo es que cada paso que dé sea para su honra y gloria.
«Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores.» — Salmos 34:4


