Aunque todos hemos oído hablar de Dios, solo quienes han caminado por el valle de sombra conocen la verdadera magnitud de Su mano sostenedora. Mi tía, Susana Larrea, es una de esas personas.
Desde su nacimiento, enfrentó un rechazo profundo y doloroso por parte de su padre. Debido a los problemas de alcoholismo de él, Susana pasaba noches enteras refugiada en casas de vecinos para escapar del maltrato.
A este dolor se sumaba el favoritismo de sus padres hacia sus hermanos y una afección congénita en su espalda que la hacía sentir doblemente excluida. En su inocencia, incluso sus hermanos la apartaban.
En los momentos más oscuros, Susana llegó a confesar: “Llegué a pensar en decisiones desesperadas, pero el Señor me dio la fuerza para seguir”. Dios no fue solo una figura distante, sino su compañero constante.
Cada vez que se sentía al borde del precipicio, la oración era su rescate. Al compartir su dolor con el Señor, sentía cómo Él la alejaba del abismo, brindándole una paz que sobrepasaba todo entendimiento.
Hoy, Susana vive una realidad transformada. A pesar de su condición física, Dios ha provisto techo, sustento y una alegría especial: ver a su hijo estudiar Teología para servir al mismo Dios que la salvó.
La forma en que el Creador nos sostiene en la adversidad es maravillosa y única. El testimonio de Susana nos recuerda que, no importa cuán profunda sea la herida, Su amor siempre es más grande.
«Encomienda al Señor tu camino, confía en él; y él hará.» — Salmos 37:5


