Testimonio de Gerardo Còrdova

Muchas veces he buscado la mano de Dios cuando me sentía abrumado por los problemas escolares. En 9no grado, enfrenté uno de mis mayores temores: quedarme a supletorios.

Sentía la decepción de mis padres y, en lugar de reproches, lo que más anhelaba era un abrazo que me diera paz. En medio de esa soledad, mi oración diaria era una sola: «Señor, ayúdame a no perder el año».

Estudié con esfuerzo, pero al recibir el examen, los nervios me traicionaron. Mi mente quedó en blanco. El pánico se apoderó de mí, y en ese instante de desesperación, cerré los ojos y clamé al cielo.

Sucedió el milagro: Dios trajo cada respuesta a mi mente. Comencé a escribir con una claridad que no era mía. Al final, aprobé. Al llegar a casa, supe que nunca estuve solo. Aprendí que, aunque toquemos fondo, la fe y la oración son el motor que Dios usa para sacarnos adelante.

«Clama a mí, y yo te responderé…» — Jeremías 33:3

Leer otras Vivencias