A los 11 años, mi mundo se detuvo. Me enfrenté a una de las pruebas más duras: ver a mi padre luchar contra un inicio de cáncer de páncreas, una enfermedad que parecía casi invencible ante mis ojos de niño.
Ver a una de mis figuras paternas perder la fuerza para realizar las acciones más sencillas fue doloroso. A esa edad, uno no siempre entiende la gravedad total, pero el miedo era real. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, busqué un destello de esperanza.
Le pregunté a mi madre si conocía a alguien que hubiera vencido al cáncer. Ella me habló de mi abuela, quien con la ayuda de Dios superó tres tipos distintos de la enfermedad. Esa respuesta fue el motor que encendió mi fe.
Toda mi familia se unió en una sola voz. Oramos con fervor, rogando a nuestro Creador que tuviera piedad y le concediera a mi papá más días a mi lado. Y porque nuestro Salvador es el Rey de reyes, Él escuchó nuestro clamor y permitió que superara el cáncer.
Hoy comprendo que la vida es un regalo prestado y nuestro cuerpo es Su templo. Cada mañana, al despertar, agradezco por una nueva oportunidad para disfrutar de mis seres queridos y caminar bajo la guía de la Biblia.
«Entonces me invocarán, vendrán a mí y yo los escucharé.» — Jeremías 29:12


