A los cinco años, un accidente escolar transformó un día normal en una prueba de fe. Mientras buscaba un poco de agua, una puerta se cerró accidentalmente sobre mi mano. El dolor fue inmediato y mi dedo resultó gravemente herido.
En ese momento crítico, Dios mostró su primer milagro: mi tía llegó al colegio exactamente cuando más la necesitaba. Al verme herida, me llevó de urgencia al hospital, donde el panorama era desalentador. Los médicos advirtieron que podía perder parte de mi dedo.
Ante la angustia, mis padres no se rindieron; se refugiaron en la oración, clamando por un milagro de restauración. Dios escuchó ese clamor.
Al salir de cirugía, recibimos la noticia: gracias a un minúsculo e inesperado pedazo de piel que quedó intacto, los cirujanos lograron reconstruir mi dedo por completo. Lo que parecía una pérdida segura, Dios lo transformó en un testimonio de su cuidado.
«Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias». — Salmos 34:17


