No recuerdo un solo momento de mi vida en el que Dios no haya estado presente.
A veces, el camino de la fe se siente como caminar entre tormentas silenciosas llenas de dudas, heridas y cansancio. Sin embargo, cada mañana sigo buscando al Señor con la misma urgencia con la que se busca el aire tras haber contenido la respiración.
En ese caminar, la Biblia se convirtió en mi refugio. No es un libro más; es el lugar donde descansa mi alma y donde compruebo que Dios sigue obrando, incluso cuando no puedo verlo.
Durante mucho tiempo pensé que mis sensibilidades eran obstáculos y que debía esconderlas para encajar. Pero Dios me enseñó que mis aparentes debilidades eran, en realidad, una forma distinta de mirar la vida, permitiéndome hallar belleza donde otros pasan de largo.
Él moldeó mi carácter, puso palabras de consuelo en mi boca y me enseñó, a través de la naturaleza, que cuida con amor de las criaturas más pequeñas y vulnerables.
Pero hubo una noche que marcó mi vida para siempre. Durante la pandemia, mi papá enfermó gravemente; sus ahogos eran constantes y el miedo llenaba la casa.
Una noche, tras escuchar una fuerte tos, se hizo un silencio aterrador. Corrí a la habitación y vi a mi papá perdiendo el aire. En medio de las lágrimas y la desesperación, solo pude clamar: «Señor, por tu inmenso amor, ¡no te lo lleves!».
Entonces, el milagro ocurrió. Tras unos segundos eternos, mi papá volvió a respirar. Fue un instante aterrador, pero profundamente sagrado; sentí la misericordia de Dios más cerca que nunca.
Tiempo después, volví a presenciar Su poder. En el 2024, Ecuador enfrentó una crisis energética y una sequía devastadora. Los apagones de más de doce horas y la escasez de agua agotaron la esperanza del país. El cielo permanecía seco, inmóvil.
Al ver la incertidumbre de tantas familias, hice lo único que sabía hacer: doblar mis rodillas. Esa noche, le pedí a Dios que tuviera misericordia y nos enviara lluvia, aunque los pronósticos decían lo contrario.
Esa misma noche llovió. El sonido de las gotas sobre el techo trajo un alivio inexplicable. Para muchos fue el clima; para mí, la prueba de que Dios escucha las oraciones pronunciadas con voz temblorosa.
Hoy sé que mi vida es sostenida por la gracia de un Dios poderoso, paciente y profundamente amoroso.
Versículo Destacado: «Clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Cambió la tempestad en sosiego, y se apaciguaron sus ondas». — Salmo 107:28-29 (RVR1960)


