Testimonio de Camila Díaz

Durante mucho tiempo, pensé que la fe era solo una palabra bonita o una costumbre para los momentos de tristeza. No crecí en un hogar donde Dios fuera el centro, y a mis 14 años, ese vacío en mi interior se hacía cada vez más evidente.

A pesar de mi corta edad, he enfrentado silencios dolorosos. La relación con mi madre ha sido un desafío constante; nos amamos, pero el entendimiento a veces parece escaparse de nuestras manos.

A esto se sumó la partida de mi abuelita, la única persona que me escuchaba sin juzgar. Su ausencia dejó un vacío que nadie podía llenar, hasta que, sin imposiciones, empecé a sentir a Dios.

No fue un evento ruidoso, fue una paz inexplicable que comenzó a inundar mi corazón al escuchar Su palabra. En mis momentos de mayor soledad, una voz silenciosa me susurra: “No estás sola”.

He aprendido que tener fe no es entenderlo todo, sino confiar cuando no entiendo nada. Aunque a veces el silencio de Dios me hace dudar, hoy sé que Él me escucha incluso cuando no encuentro las palabras.

Dios no me pide perfección, sino sinceridad. Él ha transformado mi dolor por la ausencia de mi abuela en una memoria llena de amor y ha comenzado a sanar mi corazón paso a paso.

Ya no camino en soledad. He descubierto que Dios no solo habita en los templos, sino también en mis lágrimas, en mis dudas y en esa paz que llega cuando menos la esperas.

“Porque yo sé los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor— planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.” (Jeremías 29:11)

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