Testimonio de Isabel Mantilla

Cuando tenía solo 4 años, vivía en una zona rural donde el frío de 9 grados calaba hasta los huesos. Aquella mañana de sábado, mi madre me abrigó con cinco capas de ropa para ir a la iglesia.

Mientras ella atendía a mi hermano, me quedé descansando bajo una cobija. Al regresar, la escena era desgarradora: yo estaba convulsionando y mis labios se habían tornado morados.

Sin tiempo para cambiarse o buscar pertenencias, mis padres salieron desesperados hacia el hospital. En el trayecto, ocurrió lo impensable: mi cuerpo dejó de responder y dejé de respirar por completo.

Durante 10 minutos de angustia, mis padres clamaron a Dios con fervor. Al llegar a urgencias, en un instante que solo la fe explica, volví a respirar de la nada.

Los médicos quedaron atónitos. Científicamente, ocho minutos sin oxígeno significan la muerte o daños cerebrales irreversibles. Sin embargo, yo estaba perfecta.

Aunque los doctores no encontraban explicación lógica, mi familia tuvo una certeza absoluta: Dios me devolvió la vida.

«Jesús dijo: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible'». — Marcos 9:23

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